El fluir en lo fijado

El fluir en lo fijado

Antonio Fernández Alvira

18 / 05 / 21  -  02 / 07 / 21 // VLC
El fluir en lo fijado
El fluir en lo fijado
El fluir en lo fijado
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El fluir en lo fijado
El fluir en lo fijado
Ornamentos y órganos
 
Hay una vinculación estrecha entre el arte y su espacio de exhibición que recuerda la disposición de objetos en un plano, pero que también puede evocar el roce entre cuerpos, o la distancia medida entre huesos y órganos. La ubicación de ciertos objetos y la ubicuidad continua de la mirada conviven en un mismo espacio y tiempo que necesita a partes iguales el pálpito del pestañeo y la frialdad de lo pétreo. La caducidad implacable y la insoportable eternidad. El arte aspira a ese equilibrio precario a través de un juego simbólico que, no obstante, construye realidad y genera efectos indelebles en la vida de quien lo produce y en la de quien lo observa con atención. 

En las piezas de Antonio Fernández Alvira tiene lugar —toma cuerpo— esta sucesión de contrarios complementarios. Al hacerlo, la encarnación resultante es algo más que la mera suma de sus partes. Las molduras arquitectónicas, ornamentales, se han deformado y hecho fláccidas, pareciéndose a trozos de carne, o a partes antiguas de una arquitectura corporal que combinara ambas intenciones: perdurar como ruina y palpitar como cuerpo. En algunos casos, estos fragmentos se insertan en hierros, posibilitando aún más la metáfora que las interpreta como las piezas aisladas, descarnadas, de un todo mayor.

En las obras que conforman la serie Elementos para un discurso, realizadas mayoritariamente entre 2018 y 2019, los hierros parecían dibujar partes arquitectónicas de edificios desaparecidos, de los que solo habían perdurado algunos trozos. Estos se insertaban puntualmente a lo largo de aquellos, dando pistas de una construcción anterior, ficticia tal vez, pero concreta y palpable, donde de nuevo algunas partes aspiraban a emular el todo del que surgían. Su variada disposición espacial recuerda la de los museos históricos, donde solo algunos encuentros —los mostrados— dan pistas de una certeza extendida y aceptada. En esta serie también hay una pieza de grandes dimensiones dispuesta en estantes metálicos, conformando un almacén de capiteles de diferentes tamaños, estilos y colores. Ningún resto de los fustes de las columnas que estos coronaban. La gama del blanco claro al gris oscuro deja matices que se ven y entienden como un degradado de sedimentos, estratificado. 
                 
Dos piezas de pared pertenecientes a esta serie genérica se exponen ahora en Espai Tactel junto con un conjunto de obras realizadas in situ. Ambas disponen de una estructura similar y están compuestas por pequeñas piezas idénticas que generan una moldura vertical. Una está formada por diez piezas y la otra, que incorpora mayor detalle ornamental, por doce. Del mismo modo, ambas series de módulos marcan una degradación del color; de las más claras en la parte superior, a las más oscuras en la parte de abajo. Tanto la disposición vertical como el degradado presentan una interpretación clara: estos elementos para un discurso reivindican la prospección profunda y localizada por encima de la gran búsqueda a mar abierto, extensamente superficial. Los discursos que prevalecen son aquellos surgidos de la complementación del dentro y del afuera, siendo fiables en ambas direcciones: adentrarse en la complejidad para encontrar respuestas, o emerger de la oscuridad para encontrar luz, iluminación. 

Con anterioridad a estas piezas, la arquitectura se mostraba a escala, en maquetas de edificios siempre dañados, de alguna manera abandonados o dejados morir por falta de habitación. Las lecturas diversas de estas obras complejas también apuntan a una cierta nostalgia del lugar de abrigo, del cobijo de antaño: morada básica y, sin embargo, aspiración palaciega. En cualquier caso, gran parte del trabajo de F. Alvira se asienta, en ocasiones incluso de manera literal, en la búsqueda y acumulación de los restos de un naufragio. Ejemplos siempre valiosos, y siempre insuficientes, de nuestro paso por la historia. Las piezas presentadas ahora, fláccidas y espetadas, o fláccidas y dejadas en el suelo o reposando entre el suelo y la parte baja de la pared, encuentran un sentido diferenciador en el color. Dos de ellas, oscuras, muestran el tono más fuerte del gris empleado en otros momentos. Las otras dos son rosáceas, más carnales. Entre ambos significados cromáticos, de nuevo contrarios pero complementarios, el artista habla, expresa y siente. El verdadero discurso es el que nunca se acaba, el que sigue siendo un pozo aún abierto, cargado de agua y repleto de sueños. 
 
 
Álvaro de los Ángeles.
Crítico, editor y comisario independiente.

#elfluirenlofijadotactel