Art Designers

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Patrick Thomas, Anthony Burrill, The Rodina, Claudia Basel, Alex Trochut, Eike König, Mathieu Mercier, Antoine et Manuel, Pepa Salazar

07 / 06 / 19  -  31 / 07 / 19 // BCN
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Aprendiendo del bastardismo

En 1972 Robert Venturi, Denise Scott Brown y Steven Izenour publicaron “Learning from Las Vegas”, ensayo fundacional de la arquitectura posmoderna en el que se defendía el strip de las Vegas como nuevo paradigma arquitectónico. Casi medio siglo después, en múltiples manuales de arquitectura, algunos autores aún se oponen contundentemente a aceptar que los enormes neones, los anuncios del show de Celine Dion y las falsas pirámides puedan ser asumidos como arquitectura. El cantautor Bob Dylan fue galardonado en el 2016 con el Premio Nobel de Literatura. Ferran Adrià fue invitado -¿a dónde no le invitan?- a participar en la Documenta Kassel del 2007. La producción del artista Rirkrit Tiravanija consiste fundamentalmente en preparar comilonas. Andy Warhol invadía las galerías de Nueva York en 1964 con simulacros de las cajas de detergente Brillo. El año pasado Pedro Almódovar, entre otras figuras relevantes de la industria cinematográfica, se oponía con irritación a que una película producida por Netflix participara en el festival de Cannes. Todos y cada uno de estos episodios han provocado, como cantaría Raphael, ESCÁNDALO.

El debate entre los límites de las disciplinas o la idiosincrasia de los lenguajes artísticos es una constante en la historiografía de las artes. Y en este sentido, es curioso observar cómo el concepto de “diseño” fue clave en uno de los momentos más encendidos de la historia de esta polémica. En 1563, abría en Florencia la que señalamos como la primera academia del arte, fundada por Cosme de Médici como la Accademia delle arti del Disegno. En esta academia, promovida por Girogio Vasari, los estudiantes aprendían precisamente arte del disegno, es decir, herramientas relacionadas con la geometría, la matemática o la anatomía, que servían como fundamento teórico y científico previo a la ejecución de una pintura, de una escultura o de una arquitectura. Así, la primera vez en la historia del arte en la que se defendía contundentemente el carácter intelectual o liberal de las artes, se hacía tomando el concepto de diseño como fundamento.

Ahora bien, tal y como apunta Yves Zimmermann en su artículo “El arte es arte, el diseño es diseño” -2003-, el diálogo entre las nociones de arte y diseño ha vivido otras variaciones desde la revolución industrial y el auge de las artes aplicadas en el siglo XIX. El autor explica que, aunque en un principio las obras de diseño gráfico e industrial se evaluaban con los mismos criterios estéticos que las entendidas como obras de arte –pensemos por ejemplo en los carteles de Toulouse-Lautrec o en la producción de la Bauhaus-, en décadas recientes como la de los ochenta, el diseño se manchaba de una pátina peyorativa, asumiéndose como mera cosmética de los objetos o de los signos. 

La muestra Art Designers nos vuelve a lanzar este debate en un momento de especial y estimulante bipolaridad: nuestra era de la hiperspecialización convive con discursos en torno a lo fluido, lo no definido, lo mutante o lo felizmente confuso. Si bien estas narrativas antidicotómicas gozan de una fortuna evidente en el ámbito del activismo de género, del sexoafectivo o del identitario –la apuesta por un pensamiento no-binario o poliamoroso, el bastardismo o el reciente festival de cultura txarnega-, podríamos preguntarnos aquí sobre la porosa fuerza desclasificadora de las piezas integradas en la muestra.

De entrada el lugar en el que se exhiben las obras permite revisar aquella tiranía de la “nomenclatura dependiente de los espacios” según la cual el mismo objeto será asumido como diseño si se encontrara en el escaparate de una tienda o en un muppie o como objeto artístico si se desplazara a un museo, a una galería o a un centro de arte. Precisamente Espai Tactel Toormix transita felizmente entre el diseño y el arte, y como aquellos florentinos del siglo XVI, toma el pensamiento y la conceptualización como faros. Además, si alguien sigue pensando que la producción artística no ha dependido de un cliente que exige o espera algo, de forma estricta hasta hace un siglo, y de forma más velada en la actualidad, es un iluso o un romántico.

A todo ello debemos sumarle la capacidad de las obras presentadas para alterar ciertos binarismos que han marcado el debate tradicional entre arte y diseño: ¿está menos cerca del diseño la pieza de Antoine et Manuel al transformar en un unicum un fragmento de unos de sus muebles seriados? ¿Ocurre lo mismo con la lámpara de Mathieu Mercier? El artista francés afirma que su lámpara es una obra de arte, no una producción industrial. ¿Por qué necesita afirmar algo así? ¿Acaso no son las piezas industriales de autores minimalistas material artístico?, ¿Acaso no celebraba Walter Benjamin de un modo entusiasta el carácter democrático de la obra seriada en su famoso texto de principios del siglo pasado “La obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica? ¿Seguimos necesitadas del aura de lo único? 

Del mismo modo, si recientemente el MACBA leía la poesía visual de Joan Brossa desde la noción de transformismo y a nadie le sorprende hallar a artistas conceptuales que trabajan únicamente con las capacidades expresivas y formales del texto en las salas de los museos de arte contemporáneo, ¿por qué no entender también como material artístico el poster tipográfico del estudio Claudiabasel , las piezas textuales de Anthony Burril, la exploración del vector y el color por parte de Alex Trochut o las bromas visuales de Eike König? Volskwagner. 

Y finalmente, tal vez el ejercicio más difícil, ¿cómo se las apaña el diseño para incorporar la dimensión performativa y carnal, para transitar de la pantalla o del patrón a una reflexión creativa en torno cuerpo? Introdúzcase en la camisa-lienzo de Pepa Salazar o identifíquese como trabajador precarizado en esas 300 horas de trabajo aparentemente inmaterial reducidas a tres lonas de trabajo con ojos desencajados y manos desquiciadas, configuradas por The Rodina.

A los puristas les irritará esta exposición. Pero Venturi, Scott Brown, Izenour y Raphael estarán encantados de ver convivir en un mismo e híbrido espacio un lienzo de Micky Mouse con la cara del logo de McDonalds y la nariz de Adidas, al Augusto de Prima Porta intervenido por Patrick Thomas, unos ojos que parecen anos colgando de una lona rosa chillón o unos vectores alucinados que se funden como chicle kilométrico Boomer. 

EVERYTHING.

Victor Ramírez Tur
Doctorado en Historia del Arte y Profesor en la Universidad de Barcelona.

#artdesignerstacteltoormix