RECOLECTAR

Eduardo Hurtado

15/01/2016 04/03/2016

La mirada de piedra.

Aunque no nací allí, crecí en la década de los ochenta en la Bahía de Cádiz. Después la vida me ha ido llevando por distintas latitudes, pero sin duda los años en aquel lugar del sur de la península me han marcado para siempre. Cádiz es un enclave verdaderamente especial. Allí, las aguas del Océano Atlántico y el Mar Mediterráneo se encuentran, y Europa y África casi se tocan, separados por los 16 kilómetros del estrecho de Gibraltar. La zona tiene una riqueza ecológica y diversidad notable, debido precisamente a su particular posición geográfica. Por otro lado, Cádiz es la ciudad más antigua continuamente habitada en España y una de las más vetustas de Europa occidental, existiendo restos arqueológicos de fenicios, griegos o romanos.

Mis recuerdos de aquella época tienen que ver con excursiones familiares, aventuras con amigos, paseos por la playa, perseguir cangrejos por los caños, pescar en las marismas, jugar a la pelota en la calle hasta que no veíamos porque caía la noche, hacer cabañas en los pinos… pocas preocupaciones y mucha diversión al aire libre. Pero recuerdo también de forma especial las visitas al trabajo de mi madre, por aquel entonces conservadora en el Museo de Cádiz. Algunos fines de semana que le tocaba trabajar me llevaba con ella, y aquellos momentos permanecen grabados en mi memoria: la fascinación que me producía entrar en algunas de las salas y descubrir las extrañas vasijas, los restos de embarcaciones, los adornos y los bustos y estatuas romanas… también las salas con pinturas de Zurbarán, Murillo o Alonso Cano… aquellos monjes claroscuros impresionaban bastante a un niño que estaba descubriendo el mundo. Pero sin duda había una sala que desde el primer momento llamó mi atención sobre las demás, y que me producía una singular atracción. Estaba en la zona de la necrópolis, y albergaba dos sarcófagos antropoides fenicios, uno masculino y otro femenino, cuyas tapas reproducían los rostros de sus moradores. Había algo en la sencillez de sus formas y en sus claras líneas que me fascinaba y me infundía un extraño respeto. Todavía hoy si cierro los ojos puedo recordar su hierática mirada dirigida al techo del museo, como si lo atravesara y miraran al cielo. No es raro, ya que son piezas bastante excepcionales, únicas en la península ibérica, y casi en Europa (se han encontrado algunos ejemplares más en Sicilia). Sea como fuere, siempre me pareció que venían de muy lejos y que estaban llenos de sabiduría (datan del año 400 a.C. aproximadamente).

Con el tiempo además, cuando conocí la historia de los sarcófagos, su imagen se volvió en mi mente si cabe todavía más mítica. El masculino había aparecido en una excavación en un lugar llamado Punta de Vaca en la ciudad de Cádiz hacia 1887. Unos años más tarde llega a la ciudad el arqueólogo Pelayo Quintero Atauri, quien fascinado por el sarcófago, y creyendo que piezas de esta importancia eran encargadas por matrimonios aristócratas para ser enterrados en ellos, comienza a imaginar que en algún lugar no muy lejano, tenía que encontrarse el femenino. Quintero excavó necrópolis púnicas y romanas y estableció la primera tipología exhaustiva de enterramientos gaditanos. Podríamos decir que se paso toda su carrera buscando a La Dama (como el mismo la llamaba), seguro de que estaba cerca, con un convencimiento que no dejaba lugar a dudas y una fijación que por momentos llegó a convertirse en una obsesión que casi no le dejaba dormir por las noches. Pero el arqueólogo se autoexilió en 1939 a Tetuán sin encontrarla, sin ver el rostro de la compañera del barbudo vestido con túnica que descansaba en las salas del museo.

Según me contó mi madre, muchos años más tarde, en 1980 – el mismo año que yo nací – una pala excavadora estaba trabajando en una obra en un solar de la ciudad de Cádiz, cuando los dientes metálicos chocaron contra una gran placa de mármol quebrándola. El operario bajó de la pala, se acercó y metiendo la mano en la grieta abierta, palpó algo que no lograba identificar. Al sacar la mano, se dio cuenta de que eran huesos humanos. Avisaron a las autoridades, y se acercó también el por aquel entonces director del museo. En Cádiz están bastante acostumbrados a que cada vez que se hace una obra y se excava el suelo, aparezca algún tipo de resto arqueológico. Como era fin de semana, decidieron acometer la inspección el lunes.

Cuando el director y su equipo llegaron al lugar, el sol comenzaba a repuntar por los tejados de la ciudad, la brisa del mar llegaba suave y se escuchaban a las gaviotas inquietas. La sorpresa fue mayúscula cuando, al ir retirando la tierra, fueron apareciendo las suaves líneas de un rostro de mujer y se percataron de que acababan de encontrar a La Dama que acompañaría pronto, y después de miles de años separados, al elegante barbudo. La emoción era inmensa, y la expectativa tremenda. Pero lo increíble de la historia es que el lugar donde estaban removiendo la tierra era la finca del antiguo chalet de Quintero Atauri. Incluso las raíces de las palmeras que él mismo había plantado para dar sombra al patio habían sorteado la tapa y habían calado más abajo en los restos. Sí, el arqueólogo había vivido, literalmente, sobre su obsesión. Se había pasado la vida buscando algo que yacía unos metros bajo su cama.

Esta historia, y la excepcionalidad que entraña, la comprendí algo más tarde, cuando uno comienza a percibir estas cosas. Obviamente la idea de alguien empecinado en encontrar un sarcófago que yacía bajo su hogar era ya bastante poderosa. La intensidad que rodeaba a toda la búsqueda de La Dama, no solamente con Quintero Atauri, sino con los sucesivos directores del museo de Cádiz – que continuaron rastreando los subsuelos de la ciudad – , sin duda es extraordinaria, casi mágica. Además, los misterios en torno a los sarcófagos continúan aún hoy, ya que no está claro que los huesos encontrados en el interior del sarcófago femenino sean de una mujer o de un hombre. Pero, sea como fuere, había algo que se me escapaba y que no terminaba de cerrarme, aunque esto es algo de lo que me voy percatando últimamente. ¿Por qué Quintero no encontró a La Dama, teniéndola tan cerca, tanto que casi podía susurrarle en las cálidas noches gaditanas?

Un día me di cuenta de que quizá estaba enfocando el asunto desde un punto de vista que no era el adecuado. Quizá Quintero se ofuscó demasiado con el asunto, y la búsqueda se cerró tanto que no dejó espacio para lo inesperado. O quizá él era solamente un tramo importante del camino, pero no el definitivo. Quizá su misión era plantar aquellas palmeras. Pensemos en ella, en La Dama. Pensemos en su búsqueda. Y en el paso del tiempo más allá de la vida humana. Casi en términos geológicos. Sintiendo el paso de los siglos. Su intensa mirada de piedra atenta siempre, el reencuentro en el horizonte. Hasta que las raíces de unas palmeras la abrazaron, y años más tarde una pala excavadora golpeó al fin su descanso para volver a reunirla con su compañero.

Juan Canela
Crítico de arte y Comisario.

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