Not your own desire / The last days of disco

Carles Congost

18/09/2015 30/10/2015

Efectos de realidad

“My body remains the enduring reality”
Yvonne Rainer, Stament, 1968

“And the practice of realness
Feels so surreal”
Roísín Murphy, Go Fishing, 2015

“nosotros somos lo real; es la categoría de lo «real» (y no sus contenidos contingentes) la que es ahora significada; dicho de otro modo, la carencia misma de lo significado en provecho sólo del referente llega a ser el significado mismo del realismo: se produce un efecto de realidad fundamento de ese verosímil inconfesado que constituye la estética de todas las obras corrientes de la modernidad.”
Roland Barthes, El efecto de realidad, 1968

El protagonista de The Artist Behind the Aura, (2014), el propio Carles Congost (Olot, 1970), inicia su relato señalando que lo que vamos a escuchar no podremos encontrarlo on-line, esa ausencia nos sitúa en un territorio incomodo en el que la veracidad del relato queda vinculada únicamente a la oralidad de lo que escuchamos, evidenciando la existencia de realidades al margen de internet.

El efecto de verosimilitud ha sido uno de los problemas que han centrado la producción artística desde la antigüedad, cuál es la relación de las obras con “lo real”. Este tipo de cuestiones no sólo resurgen cíclicamente sino que se avivan en los momentos de transición entre periodos históricos. El número 11 de la revista Comunications publicó una serie de ensayos de Barthes, Kristeva o Todorov que se tradujeron al castellano como “Lo verosímil”. En ellos no se recuperaban los ecos platónicos de condena artística de “La República” pero si el problema de cómo atender a la realidad en las prácticas contemporáneas.

A día de hoy son muchos los trabajos que se han preocupado por desenmascarar los mecanismos que ofrecen ese “efecto de verosimilitud”, no sólo en el territorio del arte sino en campos como el científico, y aún así seguimos cargando con el peso de un supuesto capital de “autenticidad” a la hora de evaluar un trabajo artístico.

“Por fortuna, mi historia ha llegado a un punto en que puedo dejar de insultar a la pobre Charlotte en consideración a la verosimilitud retrospectiva.”
Vladimir Nabokov, Lolita, 1955

Encontrar en 1997 una propuesta como la muestra Dies Irae en la ciudad de Valladolid no dejaba de ser un revulsivo, al menos para los estudiantes de Historia del Arte que habían recibido una formación donde los códigos de verosimilitud se encontraban muy alejados de esas propuestas artísticas. Enfrentarse a obras que operaban con lenguajes familiares, provenientes de otras contemporaneidades permitían leer “lo real” como algo cercano, aquello era más “autentico” que muchas de las materias que se habían impartido. Y en el vórtice de ese conflicto de realidades se encontraba el trabajo de Carles Congost.

Es curioso señalar como casi veinte años después el trabajo de este artista sigue resultando subversivo generando de nuevo estos conflictos con “lo real” y lo “autentico”; aunque puede que esto suceda porque su producción siempre haya estado centrada en fracturar las reglas que sustentan el paradigma.

“Se intentaba distinguir la auténtica belleza artística de la espuria y descubrir características de esa autenticidad que luego pudieran a su vez servir de reglas.”
Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, 1819

Frente a la voluntad de reglamentar el trabajo artístico, la obra de Carles Congost ha estado vinculada al deseo de responder a la contemporaneidad pero desde una relación más anárquica o “inestable”. De esta forma los elementos que componían sus primeros trabajos han ido configurando un universo que, adaptándose a los lenguajes, se ha decantado en una reflexión melancólica e irónica sobre nuestro papel como individuos, evidenciando los mecanismos de funcionamiento de nuestras economías emocionales al enfrentarnos a los conflictos de los modos de producción y trabajo.

Como siempre, el problema está en quién narra la historia y decide cual va a ser su “apariencia de verdad”. Convertirnos en narradores obliga a repensar el papel que hasta ahora ocupábamos en el relato y genera fricciones. Los movimientos sociales pusieron en crisis la Historia en los años sesenta del pasado siglo buscando generar nuevos territorios de representación. Congost refuerza esa necesidad al buscar nuevos referentes, imágenes como We can change the world IV (2009) o Walter and the Spanish Baroque Gang in the New Gonden Age (2008) no sólo permiten reivindicar a figuras del cómic alejadas de los modelos de representación hegemónica o cuestionar los modos en los que la tradición condiciona los procesos de trabajo, también son dos ejemplos de la necesidad de deconstruir los discursos generando otras mitologías.

Ese generar otras mitologías pasa por la propia experiencia personal, no como ensimismamiento sino como búsqueda de mecanismos que permitan procesos de identificación. La citada The artist behind the aura (2014), contrarelato de una pieza anterior, That’s my impression (2001), en la que un crítico analizaba su obra, planeta un narración en boca del propio artista pero recurriendo al subterfugio de la mascara, a un acto de ventriloquia que desdobla al artista pero que nos sitúa en un territorio en que todos podríamos ser Carles Congost. La enumeración de trabajos “no realizados” no sólo nos plantea un recorrido individual sino que nos confronta con realidades afines y propias del capitalismo de las emociones en el que nos encontramos inmersos.

Abans de la casa/Un biobic inestable a través del sonido Sabadell (2015) vuelve a operar sobre esa construcción de la realidad, conjugando intereses políticos que se entrelazan a prácticas hedonistas. La pregunta que podemos hacernos es si alguna vez ambas políticas se han encontrado disociadas y si este relato está tan alejado de obras anteriores como Syntesizers (2002). Los intereses del trabajo de Carles Congost no han variado tanto, porque el problema principal sigue ahí, el quien decide lo que debe ser visto y narrado, y el cómo ha de hacerse. Siguen existiendo mecanismos para desactivar discursos, para que realidades como el sonido Sabadell no forme parte del imaginario contemporáneo, para hacer que todo lo disonante, lo que no se adapta a las regulaciones (políticas, sexuales, culturales…) siga siendo peligroso y por tanto algo que no deba ser dicho. Tal vez nuestra única herramienta sea seguir contado y buscando otras formas para hacerlo.

“El autor es quien da al inquietante lenguaje de la ficción sus unidades, sus nudos de coherencia, su inserción en lo real.”
Michel Foucault, El orden del discurso, 1970

Eduardo García Nieto
Crítico de arte y Comisario.

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