LA DERNIÈRE LUEUR

Antonio Fernández Alvira

30/09/2016 11/11/2016

El instante, el olvido y la voluntad.
Algunos apuntes al trabajo de Antonio Fernández Alvira.

“Too much information, too much time has passed
Too much history”
Róisín Murphy, Thoughts Wasted, 2016

“Los anacronismos de Nietzsche no funcionan sin una cierta idea de repetición en la cultura, y que implican una cierta crítica de los modelos historicistas del siglo XIX. Los anacronismos de Freud no funcionan sin una cierta idea de la repetición en la psiquis –pulsión de muerte, represión, retorno de lo reprimido, après-coup, etc.-, que implican una cierta teoría de la memoria.”
George Didi-Huberman, Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes, 2000

“La obra era, a la vez, acción y teoría”
Jed Rasula, Dadá, 2015

Recuerdo haber estado allí, aunque si el olvido es un recuerdo inconsciente puede que lo haya enterrado en mi memoria. Aún así me acuerdo de la grandeza imperial, la escala desmesurada y el peso de la historia al contemplar el arco del triunfo. Creo que seguiría recordándolo sin haberlo visto. Su imagen, su idea nos persigue como una losa inscrita en nuestros cuerpos, así recordamos cientos de celebraciones triunfales, tanto efímeras como atrapadas en la piedra; desde el desaparecido arco de Lucio Stertinio erigido en el 196 a.C. hasta la Porta Macedonia, inaugurada en 2012. Un instante de mas de veintidós siglos de historia occidental. Y en todos ellos la voluntad de “superar” al anterior, el de París triplicando la altura de su modelo, el Arco de Tito, el de Pyongyang elevándose diez metros respecto al de París. Repitiéndose, anacrónicos y sobredimensionados, vestigios, glorias…

La pervivencia genera asociaciones extrañas, durante el reinado de Luis XIV, en el solar que ocupa el arco de París, Charles Ribart proyecto un elefante triunfal de más de cincuenta metros de altura. Hubiese sido una ruptura con la norma, una desviación de un modelo repetido hasta el infinito. De haber existido, podríamos hacer una lectura de la subversión en la representación del aparato del poder, si éste no hubiera intentado asimilarlo al construir un nuevo elefante en la Bastilla. La caída de Napoleón hizo que sólo se erigiese un modelo en yeso, la fragilidad del material permitió su desaparición treinta años después.

El poder siempre se ha debatido entre evidenciar sus gestos o permitir que estos se transformen en algo efímero, aunque su opulencia los grabe a fuego en nuestra memoria sin ni tan siquiera haber sido testigos de sus fastos.

Durante el Renacimiento, en su afán por recuperar las formas clásicas, se volvieron a introducir estas arquitecturas y su significado como podemos ver en El sueño de Polífilo de Francesco Coloma (1499) o en la reproducción de los “triunfos” de las bodas de Blanca Visconti con Francesco Sforza en el Tarot de Bembo. Lo interesante es como estas a su vez sirvieron de inspiración para las carrozas carnavalescas, encontrando aquí un espacio para la subversión y la inversión del sentido. Los mecanismos preconizados por el poder puestos en crisis.

“El carnaval es un estado de excepción. Descendiente de las antiguas saturnales, en las que lo inferior se convierte en lo superior y los esclavos se hacen atender por sus amos.”
Walter BENJAMIN, Diálogo sobre el Corso. Resonancias del carnaval de Niza, 1935

Antonio Fernández Alvira (Huesca, 1977) recupera esta estrategia para proseguir su indagación sobre el verdadero significado de las formas simbólicas del poder, personificadas en sus arquitecturas.

Valiéndose de estrategias ya conocidas, como una concepción escultórica más propia del dibujo expandido unida a una deconstrucción de modelos arquitectónicos, sus piezas se acercan ahora a una escala real que le permite no solo el desmontaje sino la inversión de los ordenes, en el sentido más literal de la misma.

Estos trabajos, junto a la voluntad de contemplación y análisis intrínseco a toda obra, operan a la vez en el propio desmontaje de sus mecanismos. La obra no sólo ocupa un lugar complaciente en una “crítica” de los mecanismos de poder, sino que ella misma se encuentra en crisis, evidenciando su fragilidad al tiempo que pone en cuestión la verdadera construcción de nuestras realidades.

Tanto el arte como el poder operan en el terreno de la representación, al margen de los efectos que ambas esferas ocupen en lo real. Pero ambas construcciones son tan endebles como un punto de vista. Muchos sostienen que el carnaval reforzaba las estructuras del poder, pero su inversión no podía más que evidenciar la arbitrariedad de estas construcciones, visibilizando lo endeble de estos andamiajes.

Fernández Alvira los replica con unos materiales –el papel y la madera- que, por un lado, lo vinculan con su práctica dibujistica y, por otro, evidencian la arbitrariedad de la “nobleza” y la jerarquía del arte. Puede que el empleo del mármol y el bronce como “materiales” elevados haya dejado de ser un axioma en el contexto artístico y que la fotocopia los halla reemplazado, pero sigue existiendo una “aristocracia” formal que corrompe la supuesta libertad y diversidad de la práctica artística. El artista no sólo reivindica estas formalizaciones sino que visibiliza los mecanismos internos de aceptación del poder en el circuito artístico.

Su instalación recurre a todos los principios de la restauración, las teorías de Ruskin se muestran junto a las anastilosis, mostrando otros modos de historiográfiar, de construir sentido a realidades pasadas que siguen vigentes en nuestras realidades e imaginarios. ¿Qué podemos conmemorar hoy?, ¿cuáles serían nuestros arcos del triunfo?, ¿qué triunfos preconiza la sociedad contemporánea? Y, en el centro de esta red de preguntas, nuestros cuerpos, ocupando un lugar en esta Historia y en su reconstrucción, generando sentido ante este simulacro. Una mise-en-scène completada por sus actores, nosotros mismos ocupando un lugar en la escenografía, confrontados con la luz crepuscular que alumbra el peso de ese arco, de ese instante de más de dos mil doscientos años….

Podemos fingir que hemos olvidado los códigos de esa representación, que esas construcciones del poder no tienen nada que ver con nosotros, pero aún así sería reconocer que las recordamos, que formamos parte de ellas. La voluntad de Fernández Alvira nos obliga a mirarnos a nosotros mismos frente a ese gran fragmento, ante el resplandor enfermo del poder que nos muestra sus carencias y debilidades. No en vano su trabajo se inició con una crítica a los modelos heteropatriarcales y a como operan las violencias de estas estructuras; invertir uno de los máximos mecanismos de representación no deja de ser una nueva vuelta de tuerca a como seguimos atrapados, cómplices, en muchas de esas violencias.

Y, de nuevo, realiza un dibujo, nos confronta con una montaña de papel, haciendo patente que los héroes caídos que nos educaron pudieron tener muy poco de heroico y que sus triunfos tan sólo fueron un simulacro más en el que caímos presos.

Eduardo García Nieto
Crítico de arte y Comisario.

Fotos: La Chapelle des Calvairiennes, Mayenne, Francia.


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